Alabastard reviewed Heaven and Hell by Bart D. Ehrman
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4 stars
Imaginar el presunto destino de los seres humanos después de la muerte probablemente sea uno de los aspectos con mayor peso en el devenir cultural de las sociedades y sus creencias desde épocas ancestrales. La inquietud y curiosidad inherentes a la incertidumbre de desconocer qué ocurre una vez que llegamos al fin de nuestros días han servido acaso de combustible para una búsqueda por darle sentido trascendental a la existencia y establecer conexiones entre el plano terrenal y otros planos que, estando fuera de un alcance propiamente humano, vendrían a explicar nuestro propósito de vida en relación con un destino ulterior, dilucidando a su vez el orden de los estados y rumbos de los mortales al atravesar los confines de la existencia natural. La potencia de las variadas imágenes, relatos y mitos con las que diferentes culturas han articulado la “existencia” post mórtem y los mundos o dimensiones donde esta …
Imaginar el presunto destino de los seres humanos después de la muerte probablemente sea uno de los aspectos con mayor peso en el devenir cultural de las sociedades y sus creencias desde épocas ancestrales. La inquietud y curiosidad inherentes a la incertidumbre de desconocer qué ocurre una vez que llegamos al fin de nuestros días han servido acaso de combustible para una búsqueda por darle sentido trascendental a la existencia y establecer conexiones entre el plano terrenal y otros planos que, estando fuera de un alcance propiamente humano, vendrían a explicar nuestro propósito de vida en relación con un destino ulterior, dilucidando a su vez el orden de los estados y rumbos de los mortales al atravesar los confines de la existencia natural. La potencia de las variadas imágenes, relatos y mitos con las que diferentes culturas han articulado la “existencia” post mórtem y los mundos o dimensiones donde esta ocurriría, no reside únicamente en la fascinación que provocan, sino también en los efectos que han tenido sobre la conducta y actitudes de los seres humanos en torno a cómo abordar sus propias vidas a la luz de lo que les espera una vez perezcan. El panorama de la realidad que experimentamos “aquí y ahora”, junto con las posibilidades que contemplamos y las esperanzas que albergamos, puede verse profundamente afectado o distorsionado por nuestras ideas sobre lo que nos aguarda “al otro lado”.
La obra de Ehrman nos ofrece un recorrido detallado y fundamentado por las diferencias que se observan entre las visiones sobre la vida después de la muerte que aparecen en la Biblia. Aquello que, visto desde el prisma cristiano, podría parecer un conjunto de expresiones absolutamente coherentes y conectadas dentro de un marco interpretativo y teológico sin fisuras, queda revelado como una historia repleta de ajustes y correcciones textuales, contradicciones doctrinales, amalgamación de ideas y creencias, disonancias culturales, intereses particulares, etc. La exposición de Ehrman permite reconocer con nitidez discrepancias considerables entre, por ejemplo, las creencias post mórtem del pueblo judío en el Antiguo Testamento, aquellas contenidas en el mensaje predicado por el Jesús histórico y las ideas propagadas por las primeras iglesias cristianas en el Nuevo Testamento.
Y es que la no existencia después de la muerte, la resurrección de los cuerpos de los fieles al final de los tiempos, el advenimiento literal de un reino divino sobre la faz de la tierra y el otorgamiento de castigos y premios eternos en el momento mismo de la muerte, son todas visiones y doctrinas que se desprenden de diversos pasajes bíblicos y que, a pesar de ser absolutamente divergentes entre sí y desarrollarse en épocas o momentos históricos distintos, parecen no contener ninguna contradicción para la gran mayoría de los cristianos, quienes seguramente asumen todas esas referencias como complementarias o conciliables. Resulta sorprendente notar que las múltiples ideas que los cristianos irían formulando sobre el destino trascendental de los creyentes y de todos los seres humanos difieren en su mayoría de las ideas predicadas por el mismo Jesús histórico. Esta confusión puede deberse no sólo a un sesgo que dificultaría detectar posibles incoherencias en textos que se sostienen como sagrados, sino también en un sentido más general a que la mayoría de los lectores de la Biblia ignora en gran medida las sutilezas hermenéuticas que encierran los diversos textos que la componen, llevando en cuenta su largo historial de copias y traducciones, diversidad de estilos narrativos y autores, los idiomas originales en los que fueron escritos y los diferentes propósitos doctrinales y eclesiásticos que cada texto tuvo en su propia coyuntura histórica. En comparación con el arsenal de herramientas del que disponen historiadores, especialistas académicos y otros estudiosos de estos textos, el lector común (sea creyente o no) se encuentra muy poco preparado para alcanzar una comprensión precisa de los mismos. Evidentemente no es necesario realizar estudios previos para leer ningún libro, pero tampoco deja de ser cierto que esta asimetría ha abierto y continúa abriendo la puerta a un sinfín de malentendidos e interpretaciones deficientes, al tiempo que alimenta el sesgo de confirmación exhibido por los defensores de estos escritos con respecto al nivel de confianza que manifiestan sobre su veracidad o infalibilidad.
Ehrman nos hace pasar con elegante agilidad por los primeros estadios de las creencias occidentales sobre el “más allá”, partiendo por observaciones recogidas de obras clásicas de la Antigüedad como la Épica de Gilgamesh, continuando por la compleja imagenología, narrativa y filosofía de la Antigua Grecia y las posteriores interpretaciones que también harían los romanos sobre asuntos como el miedo a la muerte, la justicia después de la muerte, el propósito y destino de los seres humanos y el valor de la vida presente. Al seguir este recorrido, asoma como evidente que el imaginario colectivo moderno que hemos heredado con respecto a lugares eternos como el cielo y el infierno difiere enormemente de las ideas y visiones del más allá que circularon y evolucionaron en el mundo antiguo. Eso no quiere decir que no exista conexión entre aquellas primeras perspectivas y las posteriores concepciones que desarrollarían, por ejemplo, los judíos y los cristianos, ya que, de hecho, la influencia que ciertas culturas (especialmente las hegemónicas) ejercieron sobre otras, indudablemente fue moldeando las imaginaciones y convicciones de las distintas comunidades. Como ejemplo del caso específico del cristianismo, las nociones sobre el destino del ser humano, que en primera instancia se centraron en el cuerpo físico, vinieron más tarde a incluir el concepto de “alma” recogido de la filosofía griega, y tales nociones nunca dejarían de mutar en medio de disputas teológicas y necesidades evangelísticas hasta entregarnos el conjunto de visiones que ha llegado a ser predominante en Occidente.
El instinto de evitar un “final definitivo” parece haber tenido mucho sentido para los seres humanos en su viaje desde la prehistoria hasta la inteligencia artificial y, ciertamente, desde el punto de vista del estudio de la historia y el arte, las visiones que proponen una continuación de la existencia constituyen un material fascinante de análisis y reflexión. Algo parecido podríamos decir del impulso por establecer sanciones y retribuciones post mórtem, una característica que, a pesar de lo que dictaría la intuición de la mayoría de los cristianos hoy, no estaba presente en la visión del Jesús histórico ni en la de sus predecesores judíos. Ese ideal de justicia cósmica en el que cada persona a fin de cuentas es puesta en el lugar que le “corresponde” parece ajustarse perfectamente a los constantes clamores y pedidos de justicia que observamos en nuestro mundo. A muchos a lo largo de la historia no les pareció justo que todos los humanos, independientemente de su comportamiento y estatus en esta vida, compartieran el mismo destino tras la muerte, por lo que comenzaron a construirse visiones de una existencia post mórtem diferenciada, en que tanto la jerarquía y las acciones en la tierra determinarían la naturaleza de lo que se obtendría al abandonar la dimensión terrenal. Esa sed de justicia —y especialmente de castigo— probablemente coincide con nuestras intuiciones morales más elementales; otra cosa es que las manifestaciones sobrenaturales de aquel anhelo tengan asidero.
Cuando vemos cómo las visiones de una existencia después de la muerte y en especial de los lugares de castigo eterno han ido variando, dependiendo del grupo y del contexto en que surgen, no debería ser tan difícil concebir tales perspectivas como creaciones humanas fruto de nuestras ansias por trascender los límites que nos impone la naturaleza y de establecer una idea de justicia suprema. Al parecer, los humanos hemos usado el fenómeno inevitable de la muerte, junto con su paralizante sensación de miedo y el insoslayable asombro que produce, como vasija para verter nuestro deseo atávico por evitar el fin y continuar nuestra historia. Y lo hemos hecho satisfaciendo nuestra imaginación e inventiva, pero también derramando los líquidos de la vasija sobre los códigos morales del mundo que habitamos.