Review of 'Mañana no será lo que Dios quiera' on 'Goodreads'
Uno no sabe por dónde empezar a abarcar obras de la magnitud de Mañana no será lo que Dios quiera. En ninguna otra vida están tan presentes los muertos de muerte imposible o el dichoso reloj perdido, que aún estando efectivamente perdido, marca impaciente el paso del tiempo por una infancia y una juventud que atraviesan una época tan oscura y —paradójicamente— interminable. Emana pesadumbre de cada ventanal, de cada gato callejero con el nombre al revés, de cada superviviente, a duras penas, de la guerra civil.
Quizá eso es lo que hace especial a este libro: que se haya podido tratar con tanto respeto y mimo el rastro tan doloroso de un tiempo complicado y una vida atropellada por esa España inerte y afligida, hasta parecer que de algún modo las palabras sanen las heridas de guerra del poeta.
Es una obra que permea y se clava hasta lo …
Uno no sabe por dónde empezar a abarcar obras de la magnitud de Mañana no será lo que Dios quiera. En ninguna otra vida están tan presentes los muertos de muerte imposible o el dichoso reloj perdido, que aún estando efectivamente perdido, marca impaciente el paso del tiempo por una infancia y una juventud que atraviesan una época tan oscura y —paradójicamente— interminable. Emana pesadumbre de cada ventanal, de cada gato callejero con el nombre al revés, de cada superviviente, a duras penas, de la guerra civil.
Quizá eso es lo que hace especial a este libro: que se haya podido tratar con tanto respeto y mimo el rastro tan doloroso de un tiempo complicado y una vida atropellada por esa España inerte y afligida, hasta parecer que de algún modo las palabras sanen las heridas de guerra del poeta.
Es una obra que permea y se clava hasta lo más profundo. Funciona a la perfección como documento histórico. Se pueden palpar, vivir e incluso recorrer las calles de un Oviedo a caballo entre la libertad y la decepción de saberse derrotado. El intercalado de poemas de Ángel González enriquece profundamente el texto y nos ayuda a quererlo aún más; a Ángel, no al poeta, porque es Ángel González —el jovencito de la calle Fuertes Acevedo— el que se vuelve uno más: se desmitifica y se nos apoya en el hombro, puro muerto de muerte imposible, y nos deja caer algún que otro comentario cargado de su delicioso humor de, valga la redundancia, Ángel González.
Bravo por Luis García Montero, no podría imaginar un homenaje mejor que esta obra y, en especial, el epílogo tan profundamente emotivo que, a pesar de llover sobre mojado, calma las aguas y embalsama el espíritu para quien sintiera por Ángel González la admiración que merece.
Y sobre todo gracias a ti, Lucía, estás en cada página y en cada poema de este libro