Las distopías reflejan nuestras ansiedades colectivas en el marco cultural de la posmodernidad. A diferencia de lo que sucedía en la modernidad, ya no creemos que el futuro esté ligado al progreso y vaya a ser necesariamente mejor. Se ha convertido en algo que nos produce miedo y ansiedad, así que creamos productos culturales que tratan de alertar sobre los riesgos de ir a peor, sobre los peligros que nos esperan a la vuelta de la esquina. Es lógico, pero el efecto combinado ha sido devastador. Los productos culturales reflejan la realidad, pero al hacerlo, también la crean. Imaginar futuros peores nos ha quitado la capacidad de pensar en un porvenir mejor. (…) Esto ha resultado enormemente funcional para el neoliberalismo capitalista, que ha utilizado la producción cultural de distopías a su favor, para mantener el orden actual y evitar los cambios. Si solo imaginamos un futuro peor, el presente …
Las distopías reflejan nuestras ansiedades colectivas en el marco cultural de la posmodernidad. A diferencia de lo que sucedía en la modernidad, ya no creemos que el futuro esté ligado al progreso y vaya a ser necesariamente mejor. Se ha convertido en algo que nos produce miedo y ansiedad, así que creamos productos culturales que tratan de alertar sobre los riesgos de ir a peor, sobre los peligros que nos esperan a la vuelta de la esquina. Es lógico, pero el efecto combinado ha sido devastador. Los productos culturales reflejan la realidad, pero al hacerlo, también la crean. Imaginar futuros peores nos ha quitado la capacidad de pensar en un porvenir mejor. (…) Esto ha resultado enormemente funcional para el neoliberalismo capitalista, que ha utilizado la producción cultural de distopías a su favor, para mantener el orden actual y evitar los cambios. Si solo imaginamos un futuro peor, el presente nos parecerá admisible y no lucharemos para cambiar las cosas”. El futuro está cegado, no nos espera nada mejor de lo que hay. Esa podría ser la conclusión, a juzgar por los mensajes políticos, culturales y mediáticos que nos llegan cada día. Pero ante otros futuros igualmente oscuros, muchos y muchas decidieron imaginar mundos mejores y trabajar por ellos. En Utopía no es una isla, Layla Martínez recupera proyectos utópicos pasados que nos devuelvan la capacidad de imaginar y que nos guíen para construir un futuro en el que merezca la pena vivir.
Creo que lo mejor que puedo decir de este libro es que, además de acabar con la nota esperanzadora de la que también es mi utopía favorita de todas las que conozco, me ha dejado con ganas de releer e ir buscando las distintas referencias, episodios, utopías y proyectos que se mencionan para conocerlos mejor y poder construir con lo que aprenda.
Motivador, pero limitado en su visión de las utopias
3 stars
Layla Martínez plantea un recorrido histórico sobre los sueños de sociedades mejores en Utopía no es una isla: Catálogo de mundos mejores. Empieza con un análisis muy interesante de como en las últimas décadas la gran mayoría de la producción cultural es distópica, y los problemas que eso conlleva:
Los productos culturales reflejan la realidad, pero al hacerlo, también la crean. Imaginar futuros peores nos ha quitado la capacidad de pensar en un porvenir mejor.
El libro empieza con Tomas Moro y su Utopía, pasa por la era dorada de la piratería, para centrarse en el marxismo y sus herencias como el maoismo. Viendo las revoluciones desde la Rusa a Venezuela como sueños utópicos fallidos que planteaban una sociedad autoritaria temporal para llegar a modelos donde el pueblo participe mas directamente en la toma de decisiones. Relata una gran diversidad de propuestas revolucionarias, pero parece que para ella el anarquismo …
Layla Martínez plantea un recorrido histórico sobre los sueños de sociedades mejores en Utopía no es una isla: Catálogo de mundos mejores. Empieza con un análisis muy interesante de como en las últimas décadas la gran mayoría de la producción cultural es distópica, y los problemas que eso conlleva:
Los productos culturales reflejan la realidad, pero al hacerlo, también la crean. Imaginar futuros peores nos ha quitado la capacidad de pensar en un porvenir mejor.
El libro empieza con Tomas Moro y su Utopía, pasa por la era dorada de la piratería, para centrarse en el marxismo y sus herencias como el maoismo. Viendo las revoluciones desde la Rusa a Venezuela como sueños utópicos fallidos que planteaban una sociedad autoritaria temporal para llegar a modelos donde el pueblo participe mas directamente en la toma de decisiones. Relata una gran diversidad de propuestas revolucionarias, pero parece que para ella el anarquismo no existe o no merece la pena considerar sus utopías. Lo mas cercano a un movimiento antiautoritario que relata en el libro es Rojava.
Para terminar le dedica una buena parte del libro al ecologismo como alternativa a la visón distópica que empezamos a tener todas presente con el cambio climático. Tras criticar el ecofascismo, como un problema de racismo y nacionalismo, pasa muy de puntillas por el decrecimiento para centrarse en el ecosocialismo. Se explaya en relatarnos futuros de gobiernos centralizados, con economía planificada y donde la tecnología soluciona nuestros problemas ecológicos. No se si me siento mas incomodo con el hecho de que sueñe con estados férreos omnipresentes o con la visión de necesitar seguir destruyendo el planeta para generar tecnología que nos salve.