Soy consciente, y no por ello menos culpable, de que es vergonzoso que lo que escribo aquí no vaya a arder (como si no hubiera estado más de un mes leyendo este libro... no he aprendido nada), pero si animo a alguien a atreverse con este libro, que se me perdone.
Empiezo así porque inevitablemente siempre mitifico mis lecturas, las elevo, encuentro paralelismos entre lo que me sucede y lo que leo, como si aquella casualidad no me hubiera ocurrido jamás si no hubiera abierto esta página.
Recuerdo que cuando iba aproximadamente por la mitad del libro tenía clases de biología estructural, concretamente de cristalografía. La cristalización es un fenómeno de lo más normal, pero nos asombra majestuosamente encontrar estos patrones, simetrías perfectas y complejas, una especie de orden caótico, que cuando parezca imposible repetir esa forma descubramos que no es más que la celdilla unidad de algo mayor que a su vez se organiza de manera radicalmente distinta. El profesor nos muestra el famoso mural de lagartijas de Escher y pregunta si lo conocemos. Yo soy incapaz de responder, estoy paralizado, me da verdadero miedo sentir cuánto se parece esa clase a Solenoide, esa biología infinita que toma formas imposibles en la fusión entre sueño y vigilia del protagonista acaba reencontrándose a sí misma conforme avanza el libro y me aterra… me aterra que escriba desde donde siempre he querido escribir, desde esa impotencia de la carne consciente. Ni atrapado ni libre, ni ignorante ni sabio, quemarse con la rutina hasta que golpee el hueso, ¡incluso hasta que atraviese! La repetición y la simetría son para mí temas centrales de la obra. Y justo a la hora y media de clase una cita de Lewis Carroll: “Quizá la leche sepa distinta al otro lado del espejo”
¿Qué opinas tú, Mircea? ¿Hablo con el escritor de éxito o con el profesor de lengua? ¿Hablo con el héroe, aclamadísimo por el público y la crítica, que maneja las palabras a su merced, genio de la literatura? ¿O hablo con el elegido por la nada y la condena, el olvidado, el que verdaderamente escribe? ¿Cómo se vive al otro lado del espejo?
Salgo de clase, en el metro reflexiono sobre lo que me ha pasado, por qué me afecta tanto lo que estoy leyendo, y eso me recuerda inevitablemente a algo que escribí hace años (si es que puedo escribir y si es que lo he escrito):
Sol, esfera maldita
No creas que no me azotan
tus látigos incadescentes
Pero pecas de lo mismo que yo:
¿Dónde está tu otro?
¿Cómo te atreves a arder por ti mismo?
No eres más que un cuerpo, igual que yo,
Débil y temporal, como yo.
Material, mortal, como yo.
Y entonces me doy cuenta de que mi problema viene efectivamente por mi condición como humano, por mi necesidad de encontrar sentido, patrones, una senda, una belleza que pueda comprender y ubicar con mi lógica defectuosa, compararla con sus similitudes y sus contrastes.
Pero Solenoide realmente no es esto, Solenoide rompe por completo con esta tragedia conformista, Cărtărescu se desmiembra a sí mismo para ofrecernos la historia de su otro lado del espejo mediante el realismo mágico y el onirismo y nos lleva a la superación de las dimensiones y de cualquier límite conocido, como se explica brillantemente en el posfacio.
No solo nos ofrece sus propias ruinas circulares (porque Borges está tanto en lo que se lee como en lo que no se lee en este libro, que tiene tantos otros libros dentro de sí), sino que desarrolla toda una historia milagrosa que conduce a través un camino indescifrable a lo único que nos queda siempre a los humanos, que no lo diré, pero que se sabe.
Y quizá solo por eso merece la pena leerlo de principio a fin, por no entrar dócil en esa buena noche, como se nos dicta, por enfurecerse ante la muerte de la luz, aunque llegue.
Quizá, pero no solo por eso. También por conocer a Palamar, por el manuscrito Voynich, por los piquetistas...
Y es que tal vez Kafka no esté solo presente con su diario y con Isachar, sino también en esta secta que organiza las protestas más absurdas de la historia: "¡Abajo la muerte!" "¡Abajo el sufrimiento!" Como si pudiéramos hacer algo, como si no se hubieran abierto ya los siete sellos.
No he leído nada tan humano y antihumano a la vez y por eso solo puedo darle las gracias a Mircea Cărtărescu por haber escrito esto, a Jesu por acompañarme en la lectura, a mí por leerlo y al fuego por no haberlo quemado aún.